Las rebajas aún siguen dando sus últimos coletazos, y a veces ves a gente probándose pantalones y camisetas que se quejan por centenares de chorradas que les hacen sufrir. Que si no me viene la M pero la L me queda fea, soy un mono de feria. Que si la 38 es pequeña y la 40 me aprieta las rodillas soy una foca. Que si la S me asfixia y la M me sirve de manta estoy contrahecho como Quasimodo.
A ver, ¿cómo voy a llenar igual la camiseta de la talla M que un niñato con más pecho que Chuache pero los hombros caídos como una víctima del Crack del 29? Claro que debe haber tallas, pero no todos los flacos son igual de flacos, ni de altos ni tienen los mismos brazos. Y que haga falta una XL no significa que se esté gordo, pero donde caben bien los hombros sobran doce metros de tela en el abdomen. O al revés. Esto de las tallas es una locura, y la gente se la ha tomado en serio. Pongamos dos chicas que usan la misma talla de pantalón y la misma de camiseta. Salvo que sean gemelas, a pesar de usar las mismas tallas no tendrán nada igual: ni hombros, ni pecho, ni caderas, ni cintura, ni siquiera las piernas o el abdomen. Y las dos pueden ser esbeltas y altas y fantásticas como esas a las que odian pero tanto quieren parecerse. Son estándares pero se quedan cortos, son inexactos, como telas dejadas caer, y si aciertan, bien, y si no, también.
En algunas marcas, la S de camiseta me viene casi bien. Me entra, pero queda un punto ridícula, como si la hubiera lavado y al encoger pareciera de mi hermano pequeño. En otras la M me queda como un guante salvo por los hombros: al tenerlos anchos, se me arruga por esa zona. Intento la L y es como ponerme una camiseta de jugador de la NBA, horrenda y fea, parezco vestido con ropa de orco de Mordor.

Ganad dinero y buscáos un sastre que os lo haga todo a medida. Contratad a Lagerfeld para que os vista metro y aguja en mano. Con eso y un técnico de Photoshop, la vie en rose.