El otro día leí en el blog del señor
X un microrrelato en el que una chica sacaba provecho de las webs de búsqueda de pareja, esas que plagan Internet y hasta la tv con sus anuncios ofreciéndote el amor verdadero o, al menos, gente interesante para un tracatrá y algo de charla.
Hace algún tiempo, una de esas tan comunes mañanas perezosas, me dio por meterme en una de esas webs, no recuerdo ahora si era Meetic o Match. Una amiga me había comentado unas semanas atrás que lo usó durante un tiempo y conoció a un par de chicos con los que se vio alguna vez, y realmente me sorprendió que estos servicios tuvieran público tan joven, recién entrado en la veintena. Me registré, realicé los infinitos tests que piden "para ofrecerte a las personas más compatibles" y luego me dediqué a pasearme por los perfiles de las chicas que cumplían ciertos requisitos de edad, zona e intereses. Lo primero que me hizo alucinar fue la cantidad de chicas de entre 18 y 22 años que había. Ya digo que siempre había pensado que estas páginas eran más para treintañeros que para chavales, pero las más jóvenes además solían ser las que más fotos ponían. Encontré tres o cuatro interesantes, que estaban bien y encima parecían tener algo en la cabeza además del eterno "ir de fiesta con la Sandry y la Mary".
La publicidad de estos sitios advierte de que la mayoría de funciones requieren suscripción de pago, pero también apuntan que puedes subir fotos, buscar perfiles y demás asuntos gratis, aunque sea de manera limitada. Pero al menos en uno de ellos ya señalan que sólo las mujeres pueden enviar mensajes sin estar obligadas a pagar. Y esto fue lo que hizo que mi experiencia con la web de contactos fuera tan absurdamente ridícula. Cuando buscas perfiles y vas viéndolos, tienes tres opciones disponibles: marcarlos como favoritos, enviarles un flechazo (¿no había ninguna palabra más cursi?) o escribirles un mensaje. Obviamente, yo no tenía disponible la última opción, así que envié flechazos a las dos o tres tías que me habían parecido dignas de mí. Al día siguiente, al revisar mi correo vi que me habían devuelto los flechazos, por lo que volví a entrar y tensé mi arco de nuevo. Unas horas después, más flechazos de vuelta. Y el ciclo se repitió un par de días más, hasta que incluso recibí notificación de que una de ellas me había enviado un mensaje. Y al ir a leerlo, ¡sorpresa! "Tienes que estar registrado para poder acceder a tus mensajes personales". Genial.
En principio, una chica puede creer que tiene ventaja por no tener que pagar para enviar mensajes, pero salvo que le vayan también las tías, de poco le servirá enviar El Quijote por privado, porque los chicos ni siquiera podrán leerle. Normal que al final acaben captando a tanta gente, casi es la misma estrategia de los camellos: te doy un poco, un poco más y hale, cuando quieres más, lo pagas. Aquí no es distinto. Si es que todo es igual en esta vida.
Aunque, vaya, dicen que estas páginas funcionan, pero no conozco a nadie que las haya usado en serio más allá del par de tíos que conoció mi amiga... y no es que me hubiera importado repetir su experiencia con un par de tías. Pero yo me olvidé del asunto, de los flechazos y de las caras de las chicas, y volví a centrar mi atención en las pijas de Tarongers.